Los días 5 y 6 de marzo, en la sede de posgrado de la Universidad de Navarra en Madrid, un grupo internacional de académicos y profesionales se reunió con una ambición poco habitual en el debate universitario: pensar la universidad como actor público sin convertirla en actor partidista.
El Encuentro de Expertos sobre Asuntos Públicos en Universidades fue organizado por el Centro de Gobierno y Reputación de Universidades, de la Universidad de Navarra.
La reunión de trabajo, de carácter investigador, no se planteó como un congreso al uso, sino como un espacio deliberativo en el marco de un proyecto de investigación, con financiación de la fundación Funciva.
El punto de partida fue una constatación compartida: la universidad vive en la esfera pública quiera o no. Su financiación, su regulación, su capacidad de atraer talento, sus relaciones internacionales y su legitimidad social dependen de decisiones y conversaciones que se libran dentro y fuera del campus.
El reto, por tanto, ya no es si debe relacionarse con el entorno, sino cómo hacerlo sin dañar aquello que la hace universitaria: la libertad académica, el pluralismo interno y la autonomía institucional.
Con esa premisa, el encuentro se propuso elaborar un decálogo de buenas prácticas para orientar la gestión de los asuntos públicos en el sector universitario. El objetivo era eminentemente práctico: ofrecer una guía de criterios para rectorados y equipos directivos que, con creciente frecuencia, se encuentran ante dilemas complejos.
¿Cuándo debe pronunciarse la institución y cuándo conviene que hable la comunidad académica? ¿Cómo se ejerce influencia sin caer en activismo institucional? ¿Cómo se protege la misión cuando la conversación pública se vuelve hostil, simplificadora o polarizada?
La primera mañana situó el marco conceptual: la universidad no es solo una organización que presta servicios educativos, sino una institución con misión social, y esa misión se expresa en su presencia pública. En el coloquio inicial, las perspectivas humanística, educativa y ética dialogaron sobre una idea exigente: la universidad aporta a la sociedad algo que otras instituciones difícilmente pueden ofrecer al mismo tiempo —conocimiento riguroso, formación de criterio y capacidad crítica—, pero para hacerlo necesita conservar una “distancia institucional” que le permita pensar sin sometimiento a la urgencia de la actualidad.
Para ser la casa del saber, la universidad requiere una excedencia de tiempo, distancia y compromiso con la verdad, el respeto a la diversidad de puntos de vista y el desacuerdo constructivo.
Esa idea condujo a una de las distinciones centrales del encuentro: asuntos públicos no equivale a comunicación, ni tampoco a lobbying entendido como táctica. Se habló de asuntos públicos como una función de gobierno que integra escucha, lectura del contexto regulatorio, gestión de relaciones institucionales, construcción de alianzas y anticipación de riesgos.
La clave de los Asuntos Públicos
El mensaje fue claro: la universidad no puede limitarse a reaccionar cuando un problema ya estalla en medios o redes; necesita desarrollar capacidades para comprender el entorno, deliberar con criterio y actuar con coherencia.
En ese marco, la transferencia de conocimiento apareció no como un “tercer capítulo” añadido a docencia e investigación, sino como parte de un mismo hilo: cómo la universidad se relaciona con la sociedad sin reducirse a una lógica transaccional.
La conversación sobre sociedad civil y empresa reforzó una idea de equilibrio: ni aislamiento ni dependencia. Las alianzas importan, pero la reputación de una universidad —su crédito de confianza— depende de que esas relaciones se rijan por estándares de integridad y claridad de propósito.
La tarde del primer día se desplazó del “qué” al “cómo” mediante experiencias reales, con un énfasis recurrente: en asuntos públicos, la universidad opera bajo tensiones que no controla. Cambios regulatorios, contextos políticos frágiles, sociedades polarizadas o episodios de alta exposición mediática obligan a tomar decisiones que no son únicamente comunicativas.
Y ahí apareció un aprendizaje transversal: la mejor gestión de crisis reputacionales suele comenzar antes de la crisis, en la calidad de la gobernanza, la reflexión sobre la identidad institucional, la claridad de roles, la coherencia institucional y la preparación.
Principios para una participación legítima
El segundo día puso el foco en la arquitectura de gobierno: qué principios permiten una participación social legítima. Se debatió el papel de intermediarios institucionales —como consejos sociales, fundaciones y redes cívicas— para conectar universidad y sociedad sin que la universidad pierda su centro de gravedad. También se abordó la relación con instituciones públicas y opinión pública, en un momento en que la esfera mediática tiende a convertir cualquier matiz en una dicotomía.
La conversación insistió en que el reto no es “comunicar mejor” en abstracto, sino preservar el sentido institucional cuando la presión externa empuja hacia respuestas rápidas, binarias y emocionales.
Entre los participantes, con casos y papers procedentes de Europa, África y América Latina, se repitió una preocupación: la universidad está siendo llamada a “posicionarse” con creciente frecuencia.
El encuentro no negó esa realidad, pero propuso un criterio más fino: la universidad debe estar presente en la vida pública sobre todo como espacio de debate, evidencia y formación de criterio, no como portavoz de una causa.
Su influencia social puede ser enorme —y lo es— cuando ejerce su función propia con excelencia y cuando gobierna su presencia pública con prudencia.
Un instrumento útil para el gobierno
El decálogo, en elaboración durante las jornadas, aspira a redactarse en las próximas semanas y ser un instrumento útil: un conjunto de principios para decidir cuándo intervenir, cómo escuchar, cómo relacionarse con stakeholders, cómo proteger la misión y cómo actuar en escenarios adversos.
En tiempos de conversación pública acelerada, el encuentro dejó una idea final, sobria pero exigente: la universidad no necesita ser más estridente para ser relevante; necesita ser más universitaria para ser creíble.