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Actualidad

Un Claustro y un Consejo Asesor fortalecerán la orientación estratégica del Centro

El Centro de Gobierno y Reputación de Universidades, de la Universidad de Navarra, ha puesto en marcha dos órganos consultivos para fortalecer la orientación estratégica de su misión y actividades.

El Claustro está formado por profesores e investigadores de la Universidad de Navarra, y tiene como misión orientar y apoyar las actividades de formación e investigación del Centro.

El Consejo Asesor está integrado por once académicos y profesionales vinculados a universidades e instituciones de todo el mundo.

Tanto el Claustro como el Consejo Asesor se reunirán anualmente para recibir información de las actividades del Centro y prestar asesoramiento estratégico para el impulso de la misión del Centro de Gobierno y Reputación de Universidades.

El Claustro lo integran los siguientes profesores de la Universidad de Navarra:

  • Álvaro Lleó, profesor de la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales.
  • Charo Sádaba, decana y profesora de la Facultad de Comunicación.
  • Concepción Naval, antigua vicerrectora y antigua decana de la Facultad de Educación y Psicología
  • Elena Gutiérrez-García, profesora de la Facultad de Comunicación
  • Ignacio Ferrero, antiguo decano y profesor de la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales
  • José María Torralba, profesor de la Facultad de Filosofía y Letras
  • Teresa Sádaba, decana de ISEM Business School y profesora de la Facultad de Comunicación
  • Victoria María Rodríguez, decana y profesora de ISSA School of Applied Management
  • Yago de la Cierva, profesor del IESE Business School

El consejo asesor queda constituido por los siguientes académicos y profesionales:

  • Juan Manuel Mora, Vicerrector de la Universidad Pontificia de la Santa Cruz y primer director del Centro de Gobierno y Reputación de Universidades (presidente del Consejo Asesor)
  • Alberto Andreu, director ejecutivo del Máster de Sostenibilidad de la Universidad de Navarra
  • Ángel Alloza, CEO de Corporate Excellence-Centre for Reputation Leadership
  • Inés Teresa-Palacios, experta en Comunicación y Marketing internacional de universidades
  • Juan Juliá, Rector de la Universitat Politècnica de València (2005-2013). Vicepresidente de CRUE (2010-2013)
  • Louise Simpson, Fundadora de World 100 Reputation Network
  • Luisa Alli, Secretaria General de Fundación Instituto Hermes
  • Magdalena Gaete, investigadora de la Universidad HSE en San Petersburgo (Rusia)
  • Mark Sudbury, ex Director de World 100 Reputation Network
  • Miguel Ángel Sancho, Presidente de la Fundación Europea Sociedad y Educación
  • Paul Andrew, Vicepresidente de Comunicación de la Universidad de Harvard
  • Rolando Roncancio, Rector de la Universidad de La Sabana

Se recuerda que el Centro de Gobierno y Reputación de Universidades es un organismo que tiene como misión la formación y la investigación a equipos de gobierno y directivos de universidades.

Tiene un programa formativo de cursos en dirección estratégica y reputación de universidades, y promueve publicaciones e investigaciones aplicadas a la mejora de las universidades en distintos ámbitos.

Puede consultarse toda la información relativa al Centro en su nueva página web y el folleto corporativo.

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Misión universitaria

La Universidad, casa del saber y lugar de amistad

A continuación se ofrece la conferencia del catedrático José María Torralba en la Jornada “Teología, Humanismo, Universidad”, celebrada el 17 de enero de 2025 en la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra, con ocasión de la jubilación del profesor Juan Luis Lorda. El texto se reproduce con algunas modificaciones realizadas por el autor.

Texto íntegro de la conferencia:

Aunque hoy es un día de celebración, de júbilo, he de empezar reconociendo que el título de esta sesión surgió de un obituario. Cuando, hace unos meses, me invitaron a participar en este acto estaba escribiendo una necrológica de Alejandro Llano. En ella me habría propuesto destacar la fecundidad de su vida universitaria.

Quien haya escuchado o leído lo que el profesor Llano tenía que decir sobre la Universidad sabe que era muy crítico con la deriva que había tomado educación superior en los últimos tiempos, especialmente desde la llegada del Plan Bolonia. Entre los males que solía mencionar estaban el descrédito de la lección magistral, un género docente en el que él era particularmente brillante, demostrando ser un auténtico maestro; los procesos de “calidad” con sus encuestas de “satisfacción” a los estudiantes, que consideraba propios de una relación entre proveedores de servicios y clientes, pero no de una comunidad de aprendizaje como es la Universidad; y la proliferación de los rankings, que llevan a enfocarse en el brillo del prestigio otorgado externamente en detrimento del resplandor que una institución es capaz de generar con su luz interior.

Pero no cuento esto para repetir lugares comunes en los cafés de profesores ni para sumarme a quienes achacan todos los problemas al sistema. Pertenezco a la primera generación de académicos que ha tenido que pasar por todos los procesos de acreditación de la ANECA. Además, he sido evaluador de esta agencia y otras similares; y no tengo, por ello, conciencia de haber cooperado, ni formal ni materialmente, con “el mal”. Al contrario, considero que esas tareas de evaluación bien enfocadas contribuyen a mejorar nuestro sistema universitario.

A la vez, es cierto que es necesario corregir el rumbo al que se dirigía nuestro sistema universitario y, sobre todo, el daño que se estaba haciendo a las nuevas generaciones de profesores, a los que se guiaba con un sistema de incentivos basados principalmente en los resultados de investigación medidos a corto plazo. Así lo ha venido señalando la actual directora de la ANECA desde que fue nombrada: “La exigencia de publicar constantemente lleva a un sistema científico de cantidad, no de calidad”. Es necesario volver a los tiempos largos que requiere el trabajo serio y profundo. También ha recordado que los procesos de evaluación deben reconocer el lugar central que la docencia tiene en la tarea universitaria y no desincentivar otras actividades como la transferencia y la divulgación, vitales para beneficiar a la sociedad del conocimiento que se genera en los centros universitarios. En definitiva, se trata de revertir el proceso de “industrialización” al que se estaba conduciendo a la Universidad, como bien ha diagnosticado en su libro el profesor argentino Carlos Hoevel. Y de poner remedio a la “tristeza burocrática” que tan bien ha descrito Remedios Zafra.

Volvamos al obituario. Cada vez son más quienes piensan que la Universidad está perdida, que ha dejado de ser la casa del saber. Se habla incluso de la necesidad de crear instituciones extrauniversitarias donde se refugiarían quienes estuvieran realmente interesados en la sabiduría. Sin embargo, mi impresión es que vidas académicas como la de Alejandro Llano –y, si me permite decirlo, las del hoy aquí homenajeado– demuestran lo contrario. Él mismo se declaraba esperanzado. En una entrevista al final de su carrera académica afirmaba: “Estoy seguro de que, a no mucho tardar, la Universidad reencontrará su alma, precisamente porque creo en la institución académica”. Y añadía, a renglón seguido: “La salvación intelectual está en los libros. El silencioso diálogo de la lectura es la mejor terapia contra el pragmatismo y el funcionalismo”.

Fui testigo, ayer mismo, de la profunda verdad que encierran esas palabras. Tenía clase del Programa de Grandes Libros con alumnos de la Facultad de Ciencias y nos correspondía comentar la Apología de Sócrates. Al hablar sobre esa historia, cuyo centro es qué significa saber y educar, se iluminaba el rostro de mis estudiantes. En un momento dado de la conversación, una alumna planteó que Sócrates hubiera hecho mejor en seguir el principio de “vive y deja vivir”, sin empeñarse en despertar a los atenienses del sueño en el que vivían, con las consecuencias de todos conocidas. La reacción de la mayoría de sus compañeros fue inmediata: “No, no. Necesitamos educadores como Sócrates, aunque nos resulten incómodos. Vivir ‘felices’ en la ignorancia supone, en realidad, llevar una existencia falsa, inauténtica”. Diría que, para ser la primera clase del semestre, no está nada mal que surja un diálogo así en el aula: indica que los alumnos se han puesto ya en el nivel reflexivo de qué hace a una vida digna de ser vivida.

No he venido hoy aquí a decir a que la Universidad ha perdido sus esencias. Sigue siendo la casa del saber, donde se dan las condiciones para que los alumnos accedan a la sabiduría; ciertamente, se trata de una casa algo estropeada, con necesidad de reformas, pero que no se ha derrumbado. Me atrevería a decir –por utilizar la imagen evangélica– que está edificada sobre roca. Es tan larga y rica la tradición de la que nos nutrimos, que estos vendavales que han llegado no se la llevarán por delante.

Quizá lo que necesitamos es recordar que la Universidad es una institución muy peculiar, en la que lo decisivo no son las estructuras ni los procedimientos, sino la comunidad de personas que la constituyen.

El futuro de la Universidad depende de nosotros, los profesores, y de lo que cada uno de hagamos. En este sentido, Alejandro Llano hablaba de la fuerza de las “solidaridades primarias”. Por eso, para tiempos recios como los que vivimos, animaba a sumarse a una rebelión leal a la República de las Letras consistente en “leer, reunirse y hablar”, las tres actividades más propiamente universitarias.

La Universidad es la casa del saber. Mas, ¿qué es la sabiduría? Me permitirán que no recurra a Aristóteles –sería el lugar obvio– para responder. Me serviré de la literatura. Entre las novelas que tienen como trasfondo la vida universitaria hay una que seguramente conozcan: Retorno a Brideshead. El protagonista, Charles Ryder, cuenta de su llegada como estudiante a Oxford: “Al final del primer trimestre tuve mis primeros exámenes parciales. (…) No recuerdo ni una sílaba de ellos, pero el otro saber, mucho más antiguo, que adquirí durante aquel trimestre me acompañará bajo una u otra forma hasta mi última hora”. Ese saber surgió de la relación con su compañero Sebastian Flyte. Entre ellos se fraguó una amistad que, literalmente, le abrió una dimensión de la realidad que hasta entonces desconocía: la de la belleza, la trascendencia y Dios. Por eso, Charles se atreve a sentenciar: “Conocer y amar a otro ser humano, aunque sea uno solo, es la raíz de toda sabiduría”. Esta es la idea que deseaba mencionar. No es difícil descubrir los ecos platónicos y agustinianos detrás de la pluma del autor, Evelyn Waugh.

Al auténtico saber siempre se accede por medio de una relación personal, a través del amor y de la amistad. El amante se siente atraído por la belleza de un alma que posee conocimiento, que es sabia, según no enseñó Platón en El Banquete.

Hoy día, más que nunca, disponemos de numerosos medios para obtener información, adquirir técnicas y desarrollar competencias. Pero eso no es el saber. ¿Por qué? Porque el saber tiene una naturaleza oréctica, es decir, consiste en un deseo; en una necesidad, si se prefiere: la de hacerse preguntas cada vez más radicales, sin conformarse con las respuestas ya disponibles.

El saber nace por contagio. Surge de la pasión que descubrimos en otros, especialmente en los maestros.

Despierta en nosotros la sed de encontrar sentido a lo que hacemos: en nuestra vida, en la profesión, en la sociedad. Por mucho que mejore ChatGPT, y no dudo de que lo hará, nunca será capaz de despertar o avivar el deseo de un estudiante.

Todo esto se aplica también a la forma más alta de saber, la teológica. En su libro Avanzar en teología, el profesor Lorda se refiere a las consecuencias del cristocentrismo para el “modo de aprender o de acercarse a la verdad”. Allí explica que “por su condición de sabiduría, las verdades de la fe sólo pueden ser poseídas en la medida en que son experimentadas y meditadas. El mero conocimiento formal de las fórmulas en que se expresan, aunque tiene un valor, es muy distinto de una auténtica y personal penetración en la verdad; y de un verdadero encuentro con Cristo”. La peculiaridad de la sabiduría teológica es que a ella sólo se accede desde la relación personal con su objeto de estudio: Cristo. Tal es la fuerza de lo que se vive en las aulas de esta facultad que hoy nos acoge. La fuerza de la teología reside en que nos introduce en los misterios divinos; el avance en su conocimiento está directamente relacionado con la unión con Dios, es decir, con el deseo más profundo de un cristiano.

Quienes nos dedicamos a la investigación entendemos bien la relación entre conocimiento y deseo. Max Weber lo describe así en La ciencia como vocación: “Aquel que no es capaz de colocarse, digamos, unas anteojeras y llegar convencerse a sí mismo de que la salvación de su alma está supeditada a la comprobación precisamente de esta hipótesis y no de otra, en este pasaje del presente manuscrito, no está hecho para la ciencia”. Weber se refiere a la necesidad de “poner el alma” en la tarea científica, porque lo que está en juego no es publicar un artículo, ni obtener financiación, sino nuestra propia vida. Una vida que, en el caso de los académicos, tiene en su centro la búsqueda del conocimiento.

Entre nuestros contemporáneos, diría que Zena Hitz –autora de Pensativos. Los placeres ocultos de la vida intelectual– es quien más, y quizá incluso mejor, ha reivindicado el sentido que tiene dedicar una vida al saber. En concreto, al estudio y la educación.

¿Puede la búsqueda de la sabiduría dar sentido a una vida, hacerla valiosa? Se trata de una pregunta que remite a Aristóteles y a si la contemplación es el fin supremo de la vida.

La respuesta es afirmativa, sobre todo si –según se ha indicado– el cultivo del saber no se entiende de modo reductivo como una mera colección de conocimientos, sino como una actividad que se basa en la relación amistosa con los demás.

Ser universitario es una forma de vida, la que hemos elegido los académicos. No es una profesión más. En este trabajo nos implicamos personalmente de una manera poco común. Quizá sea así por lo que he tratado de indicar: aunque no lo formulemos con estas palabras, somos muy conscientes de que el saber se transmite personalmente, a través de relaciones de amistad. Podríamos discutir si un profesor puede ser amigo de sus estudiantes. Considero que sí; desde luego, con una forma de amistad peculiar.

Pero esa cuestión resulta ahora resulta irrelevante. Lo que parece indiscutible es que la vida universitaria se nutre de las relaciones de amistosas entre los profesores (también las hay de distintos tipos; no puede ser igual entre dos colegas que entre un maestro y sus discípulos). La Universidad es un lugar de amistad especialmente para nosotros, los académicos. Si el alimento de la amistad es la conversación, no me resulta fácil imaginar otro lugar en el cosmos donde sea posible mantener diálogos más enriquecedores que aquí: tanto sobre lo divino como sobre lo humano.

A la vez, todos sabemos lo difícil que es iniciar y mantener una amistad. En otra bella novela de ambiente universitario, En lugar seguro, sobre dos matrimonios de profesores, Wallace Stegner –su autor– presenta como característica de la auténtica amistad poder estar seguro de que un amigo nunca sentirá envidia de ti: de tus acreditaciones, de tu popularidad entre los alumnos o de tus éxitos en general. Es posible que entre los académicos el pecado capital sea precisamente ese: la envidia. No hay nada de qué sorprenderse. Así es la naturaleza humana. Pero también somos conscientes de que la fecundidad de un centro universitario depende de la generosidad y del desinterés con el que realizamos nuestro trabajo, es decir, de no andar siempre pidiendo que reconozcan lo que hacemos o recuerden lo mucho que valemos.

Hace poco tuve ocasión de ver el vídeo que se hizo con motivo del cincuenta aniversario de esta Facultad de Teología. Los entrevistados repetían esa idea que es tan propia de la Universidad de Navarra (y de tantas otras instituciones educativas): la actitud de servicio que se muestra en la disposición a anteponer las necesidades del conjunto a las propias. Siempre dentro de lo razonable, como es lógico, porque si la idea de servicio no se entiende rectamente puede conducir a formas institucionales patológicas. Esa disposición es una de las mayores herencias que hemos recibido y de la que nos hemos beneficiado las generaciones más recientes.

Lo dejé por escrito en el libro del 25º aniversario del Instituto Core Curriculum. Lo menciono ahora de nuevo por la estrecha relación de don Juan Luis con el Instituto, desde sus orígenes. Lo que escribí fue que he tenido la fortuna de conocer a docenas de profesores dispuestos a ir un paso más allá de lo estrictamente obligatorio, a dedicar su tiempo a tareas que no les serían reconocidas. Y añadí que en mi conciencia pesaba haber tenido que pedírselo con frecuencia desde la dirección del Instituto. Por eso guardo como un tesoro en mi corazón el ejemplo de esa generosidad, tan fecunda. Creo que nadie se sorprenderá si digo que don Juan Luis nunca dijo que no a lo que se le ha pedido. Es más, cada año venía con propuestas de asignaturas nuevas. Cualquiera que le conozca, sabe que siempre necesita nuevos retos. Como buen universitario, no se acomoda.

Si la Universidad es la casa del saber, estaría incompleta sin la teología. Como escribe San Agustín en las Confesiones: “¿Y qué es el hombre, cualquier hombre, si no es más que hombre?”. Nuestros alumnos tienen la suerte de descubrirlo en las aulas, de no irse del campus como Charles Ryder si no hubiera conocido a Sebastian: viendo la realidad sólo en dos dimensiones. Además, lo aprenden de profesores sabios, que –según explica el profesor Lorda en su libro La vida intelectual en la Universidad– han conseguido hacer una síntesis. Para él, el resultado concreto de una vida dedicada al saber es la capacidad de elaborar una síntesis: “La tarea de cada profesor es lograr la síntesis de su materia. (…) Las síntesis no se producen por sí solas acumulando libros en las bibliotecas, sino ordenando conocimientos en la mente, en ‘una’ mente. (…) A cada profesor, después de años de preparación, le toca extender y equilibrar las síntesis, integrar lo nuevo en lo antiguo, y juzgarlo todo con su conocimiento del alma humana. Los saberes viven en las mentes de sus profesores, cuando dominan sus materias. Entonces se convierten en voces autorizadas”. Don Juan Luis es, ciertamente, una voz autorizada, pero sobre todo es el maestro de la síntesis.

Termino. Cuando concedieron la medalla de oro de la Universidad de Navarra a Alejandro Llano dijo que aquí había rozado con la punta de los dedos eso que se atrevía a llamar felicidad. No sé qué pensará don Juan Luis, pero conociendo su pasión por la docencia, la dedicación generosa a tantas personas y la alegría que se respira en el Colegio Mayor Albayzar, del que es director desde hace largos años, me atrevo a decir que aquí ha sido feliz. Y me permito también darle un consejo, tomando prestadas estas palabras de Sebastian Flyte: “Me gustaría enterrar un objeto precioso en cada lugar donde haya sido feliz y, cuando sea viejo, feo y trise, volver para desenterrarlo y recordar”. Ojalá tengamos ocasión de recordar con usted tantos momentos compartidos de felicidad.

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El Centro estrena nueva web, nuevo folleto

El Centro de Gobierno y Reputación de Universidades, de la Universidad de Navarra, ha estrenado este mes de marzo una nueva web y un folleto corporativos. En estos nuevos materiales informativos se explica la misión y las actividades del Centro.

El Centro de Gobierno y Reputación de Universidades es un centro de la Universidad de Navarra que tiene como misión la formación y la investigación a equipos de gobierno y directivos de universidades.

Tiene un programa formativo de cursos en dirección estratégica y reputación de universidades, y promueve publicaciones e investigaciones aplicadas a la mejora de las universidades en distintos ámbitos.

La web se compone de varias secciones con información sobre las actividades de formación, investigación y asesoramiento; sobre los integrantes del Consejo de Dirección, el Claustro y el Consejo Asesor. Tiene también un formulario de contacto para recibir peticiones y sugerencias.

Puede consultarse toda la información relativa al Centro en su nueva página web y el folleto corporativo.

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Investigación sobre la escucha en las universidades

El Centro dirige una investigación sobre la escucha en las universidades como forma de conocer las percepciones de los grupos de interés y mejorar la toma de decisiones.

El proyecto contempla llevar a cabo la investigación en dos partes: una cualitativa de definición del marco conceptual de la escucha en las universidades y una cuantitativa de definición de un modelo operativo para conocer las percepciones de los grupos de interés de una universidad.

La finalidad del proyecto es evaluar la importancia de la escucha como forma para mejorar el gobierno y la toma de decisiones de las universidades, y como forma de evaluar las percepciones de los grupos de interés de cara a tener indicadores intangibles de reputación.

El proyecto, actualmente en su fase inicial, tiene dos años de duración y está financiado por la Fundación Funciva.

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Alegría, evangelización y comunicación

Juan Manuel Mora, vicerrector de Comunicación de la Universidad Pontificia de la Santa Cruz (Roma) y presidente del consejo asesor del Centro de Gobierno y Reputación de Universidades, impartió la conferencia «Alegría, evangelización y comunicación». La conferencia fue impartida el pasado 23 de enero de 2025 en el marco del congreso Comunicación y Evangelización: contexto, actitudes, experiencias.

Texto íntegro de la conferencia:

Cuando este seminario empezó a gestarse, hace un par de años, los organizadores comenzaron a barajar temas y ponentes. Entonces me atreví a hacerles una propuesta: ¿por qué no dedicar una sesión a la alegría? Ellos respondieron amablemente: buena idea, ¿podrías encargarte tú mismo? El famoso efecto boomerang: hay que ser prudentes con las sugerencias.

Bromas aparte, el tema de la alegría siempre me ha interesado, quizá porque nací en una tierra donde las coplas populares se llaman “alegrías”, que es un tipo particular de flamenco. Por eso he disfrutado indagando sobre las relaciones entre alegría, evangelización y comunicación.

Pero quizá conviene empezar por lo básico. Se ha dicho que la risa nos hace humanos. Ya Aristóteles señala que “la causa de que solo el ser humano tenga cosquillas no es solo la finura de su piel, sino también que el hombre es el único animal capaz de reír”[1].  Antes de analizar su sentido cristiano, veamos el sentido humano y social de esta cualidad.

  1. Pensar la alegría

“Pensar la alegría” es el título de la conferencia pronunciada por la filósofa y teóloga Isabella Guanzini el 7 de mayo de 2024, justo en el aula que ocupamos. En esa ocasión, planteó la siguiente hipótesis: el interés creciente por la alegría se debe al “deseo de encontrar puntos de luz dentro de un horizonte cultural marcado por la acumulación de decepciones, a causa de las guerras; la acumulación de cansancio, después de la pandemia; la acumulación de incertidumbre, en un tiempo en el que nos sentimos a merced de acontecimientos a escala global”. Y concluía: pensar la alegría “significa reflexionar sobre algo esencial que falta y que por tanto es invocado”.[2]

A este propósito, recuerdo unas palabras que leí el año de la pandemia: “después de pasarme media vida envidiando la inteligencia, la cultura y la belleza en los demás, me he dado cuenta de que lo que realmente envidio es la alegría. Porque la alegría, y no otra cosa, es la que te permite aguantar el tirón, aliviar el dolor y seguir adelante”.[3] Añoramos y anhelamos la alegría.

Guanzini recordó que el filósofo Spinoza atribuye gran importancia a dos afectos: la alegría, que señala el paso de un estado de menor a otro de mayor perfección e implica una ampliación de la potencia de actuar; y la tristeza, que marca el paso de una mayor a una menor perfección -una especie de hemorragia vital- y reduce o anula la potencia de actuar.

La alegría da intensidad a la vida, nos abre a la sociabilidad y crea efectos positivos para la construcción de la comunidad. Una vida alegre es una vida hecha de «puertas», de apertura y conexión con los demás. La tristeza, por contraste, desactiva las energías, cierra puertas y bloquea relaciones.

Guanzini mencionó también a Bergson, que relaciona la alegría con la creatividad: “donde hay alegría, hay creación”, decía; sensación “de haber dado vida a algo”. Gracias a la alegría, el mundo ya no aparece como una sustancia inerte, sino que se revela como materia viva, con una inmensa capacidad de florecer.

Encontramos una referencia a la creatividad en “El espíritu de la esperanza”, libro publicado por Byung-Chul Han en 2024. Allí afirma que la esperanza “nos mueve a actuar, inspirando nuestra imaginación y despertando la capacidad inventiva, para romper con lo antiguo y abrirnos a lo nuevo”.[4]

Así como la tristeza es el sentimiento opuesto a la alegría, este afamado filósofo considera que el miedo es el enemigo de la esperanza. Con la mirada en lo que está por venir, “la esperanza es la única que nos hace ponernos en camino. Nos brinda sentido y orientación, mientras que el miedo imposibilita la marcha”. La esperanza nos hace creer en el futuro, mientras que el miedo impide el futuro. A base de miedo no se crea ninguna comunidad, ningún nosotros.

A esta cadena de conceptos -vida, esperanza, creatividad, futuro, comunidad- el filósofo coreano añade la comunicación. En su opinión, “las acciones necesitan un horizonte de sentido. Deben ser narrables. La esperanza es elocuente. Narra. Por el contrario, el miedo es negado para el lenguaje, es incapaz de narrar”.

Por nuestra parte, intuimos que existe una profunda conexión entre la esperanza y la alegría. Cabe decir que la alegría es el rostro visible y sonriente de la esperanza.[5] Al igual que la esperanza, la alegría comunica; mientras que la tristeza es incapaz de narrar y enmudece como el miedo. Con palabras de Francisco, “la sonrisa la da solamente la esperanza”. Dejando aparte las cosquillas…

Recapitulando, Guanzini nos invita a considerar la alegría como síntoma de vida y generadora de vida; condición y resultado de relaciones enriquecedoras. Por su parte, Byung-Chul Han nos ayuda a entender que la alegría tiene como raíz la esperanza en el futuro, se apoya en una vida con sentido y activa la creatividad.

Estas reflexiones se ven confirmadas por la experiencia más común: se suele decir que la alegría más grande es el nacimiento de un niño.[6] Y es lógico que así sea, porque es un momento de pura vida, novedad, futuro y esperanza.

Hay quien intenta llegar a la alegría mediante otros estímulos. Me viene a la cabeza la frase que se atribuye a Frida Kahlo: traté de ahogar mis penas en el alcohol, pero las condenadas aprendieron a nadar.[7] La naturaleza humana confirma que no hay atajos para la alegría.

Para terminar este apartado vamos a dar un doble salto mortal, vamos a pasar de la filosofía al cine. Imagino que muchos de nosotros hemos visto las películas de animación Inside-Out. Son dos obras de arte, premiadas por la crítica y el público. Cuentan la frenética actividad de la torre de control desde donde los comportamientos humanos son guiados por las emociones: timidez, vergüenza, ira, nostalgia, pereza, bondad, alegría.

En ese concierto, la alegría lleva la voz cantante, resuelve problemas, busca soluciones. Cuando ella predomina, todo va bien. Cuando prevalece una emoción negativa, como la ansiedad, la vida se convierte en un pequeño desastre. Pienso que, a su manera, los guionistas de Inside-Out coinciden con los filósofos que hemos mencionado en su modo de entender la alegría. Y el éxito de audiencia confirma que mucha gente conecta con esa visión.

Con estas premisas sobre el sentido humano y social de la alegría, dirigimos ahora nuestra mirada a la alegría cristiana y a la relación entre alegría y evangelización.

  1. La alegría como vía de la evangelización.

Algo debe tener la alegría cuando Francisco tituló su escrito programático “La alegría del Evangelio”, e invitó a todos los católicos a emprender una nueva etapa evangelizadora “marcada por la alegría”.[8] Desde entonces no ha dejado de mencionarla y de usarla en los títulos de otros documentos: Gaudete et Exultate, Amoris Laetitiae, Veritatis Gaudium.

En realidad, la alegría está presente desde el nacimiento de la Iglesia: es la emoción asociada a la Encarnación y, de modo sublime, a la Resurrección. “Alegraos” es el imperativo de la Pascua y comunicar esa alegría es el efecto que produce la embriaguez de Pentecostés.

Dice Francisco: “Las alegrías más intensas de la vida brotan cuando se puede provocar la felicidad de los demás, en un anticipo del cielo. Cabe recordar la feliz escena de El festín de Babette, donde la generosa cocinera recibe un abrazo agradecido y un elogio: ‘¡Cómo deleitarás a los ángeles!’ Es dulce y reconfortante la alegría de provocar deleite en los demás, de verlos disfrutar”.[9]

Por su parte, Benedicto XVI afirmaba en ocasión de la Navidad: “La aparición de la belleza, de lo hermoso, nos hace alegres, sin tener que preguntarnos por su utilidad”.[10]

Estas dos referencias autorizadas nos permiten concluir, sin más rodeos, que el amor y la belleza son raíces de la alegría cristiana. En sustancia, evangelizar consiste en sentir y contagiar alegría. Quien se ve atraído por ese resplandor, se siente inclinado a orientar su vida a Cristo, el auténtico manantial de la alegría.

Evangelizar con alegría significa ante todo experimentar la vocación cristiana como un don. Solo cuando uno mismo se considera afortunado, cuando enfoca su condición de modo positivo, puede adoptar una actitud afirmativa ante la vida y compartirla con otros. Podríamos recordar aquí la famosa crítica de Nietzsche: “más alegres debería yo ver a los salvados para creer en su salvador”.[11] En realidad, cabría entender las palabras del filósofo nihilista como una invitación a la coherencia: saberse y sentirse salvado es necesariamente causa de alegría.

A partir de esta autoconciencia, evangelizar con alegría implica entender la propia misión como compartir el don recibido, como una siembra de bien, más que un combate contra el mal. Con palabras del Nuevo Testamento: sembrar trigo, más que arrancar la cizaña. San Juan Crisóstomo glosa así esta parábola: no conviene dedicarse a arrancar la cizaña pues sería como desencadenar una guerra sin cuartel en el mundo entero.[12] Tanto prolifera el mal, que nunca habría tiempo suficiente para hacerle frente. Es más sensato dejar que el Señor de la historia se encargue de eliminar las malas hierbas, al final de los tiempos. Y mientras tanto, sembrar.

Estas son en mi opinión dos características de la evangelización realizada con alegría: la gratitud existencial y la vocación de influencia más que de resistencia. Estas actitudes inspiran la mirada, la conducta y la palabra, la relación con los demás y con el mundo, el modo de tratar, de respetar y de servir. Lo expresa de modo sencillo san Josemaría, que veía a los cristianos como “sembradores de paz y de alegría”.[13]

Quizá lo podamos dejar aquí por el momento, para pasar a la tercera parte de la sesión: la relación entre alegría y comunicación.

  1. Comunicación y alegría.

En los últimos años hemos redescubierto la importancia de los intangibles. Académicos y profesionales de la comunicación nos referimos con frecuencia a la reputación, la confianza, la legitimidad y otros valores muy apreciados. ¿Por qué ese interés? Pienso que podemos aplicar aquí el argumento de Guanzini mencionado hace unos minutos: los apreciamos porque los hemos perdido en las organizaciones y en la vida social. Pensamos en los intangibles con interés y con nostalgia.

Los intangibles son cualidades que los demás atribuyen a una persona o a una institución, de la que se puede decir que goza de buena reputación, merece confianza, cuando su conducta es coherente: no hay contradicción entre lo que es, lo que hace y lo que dice. La convivencia se basa en esas seguridades. Sin ellas, todo se tambalea, desde la educación hasta la política, pasando por la economía y la comunicación.

Además, los intangibles son valores colectivos, que generan un clima o ambiente social. Cuando abundan las personas e instituciones que se comportan de modo coherente, mejora la sociedad en su conjunto.

La comunicación juega un papel crítico en el cultivo de los intangibles. Nos ayuda a conocer la propia identidad y a expresarla en acciones y palabras; nos invita a informar con transparencia, escuchar con empatía y orientarnos al servicio. Con esta perspectiva, la pregunta fundamental de las personas y de las organizaciones no debería ser qué quiero contar, ni cómo quiero ser percibido, sino qué se espera de mí, qué puedo aportar.[14]

Dicho esto, propongo considerar la alegría como un valor intangible. Una cualidad personal,  institucional e incluso colectiva, un valor social. Un intangible que puede ser cultivado con la ayuda de la comunicación. En ese sentido pienso que la alegría es un indicador de calidad de la comunicación, al menos en tres campos: la estrategia, las acciones, las palabras.

La estrategia evoca la mirada, el planteamiento general de la comunicación institucional. Un departamento de comunicación expresa alegría cuando plantea su estrategia de modo positivo, constructivo, no negativo, ni reactivo. Cuando está convencido de que su trabajo principal no es oponerse al mal ni enfrentarse a otros.

El elemento principal de una estrategia “alegre”, si se me permite la expresión, es la ideación de proyectos de comunicación que iluminen, que expresen valores esenciales del cristianismo: diálogo, perdón, servicio. Proyectos creativos que sean portadores de sentido. Que produzcan efectos a medio y largo plazo. Que representen una siembra de valores intangibles y generen estados de opinión.

En segundo lugar, un departamento de comunicación expresa alegría por el tipo de acciones que realiza. Podríamos concretar algunos ejemplos.

Acciones de comunicación que expresen una “memoria agradecida”, que muestren que la organización no olvida las personas y los momentos a los que debe mucho. Al contrario: reconoce su contribución, la agradece de modo explícito, convierte la gratitud en parte importante de la propia historia, una historia viva y compartida.

Acciones de comunicación que ayuden a fomentar un clima de fiesta, a celebrar todo lo que merece ser celebrado. Crear ocasiones festivas, que fortalezcan los vínculos y levanten el ánimo. Esos momentos se convierten en memorables, renuevan los motivos de gratitud, prolongan la historia.

Acciones que generen conversaciones sobre temas que transmitan esperanza. Historias, relatos, diálogos sobre asuntos que ayuden a ver lo positivo que ya existe o que podemos construir juntos. Como en Inside-Out, Alegría debería ser la redactora-jefe de nuestros departamentos de comunicación.

Se comunica con alegría a través de acciones que muestren gratitud, fiesta y esperanza.

Por último, un departamento de comunicación expresa alegría cuando presta atención a las palabras. Traigo aquí unas reflexiones de Irene Vallejo, autora de «El infinito en un junco». Es una cita larga, pero sustanciosa. “Tengo confianza, casi diría una fe ancestral, en la palabra. Creo que es muy importante cómo se dicen las cosas. El problema no es tanto las opiniones, sino la manera muchas veces agresiva y violenta con la que se utiliza el lenguaje. Siempre hago un esfuerzo especial, desde el humor, desde la suavidad, para utilizar bien las palabras, para decir lo que tengo que decir de forma que no vaya contra nadie (…) He intentado hacer de esa reflexión una divisa: el cuidado, el respeto al que me habla, la elección cuidada de las palabras para que no haya agresividad. Esa forma de respetar a quien nos dirige la palabra al final acaba siendo más contagiosa de lo que creemos”.[15]

Me parece un modo magistral de decir algo relevante para los comunicadores. Nosotros trabajamos con palabras, creemos en la capacidad performativa de las palabras. Las palabras pueden cambiar el mundo. Si dejamos de pelear con las palabras quizá un día dejemos de pelear con otras armas. Es algo más contagioso de lo que imaginamos.

En esa línea se sitúa una propuesta de Raniero Cantalamessa (cardenal titular de la Basílica adyacente, que da nombre a esta plaza de San Apolinar): “¿Cómo construir la paz? Un medio muy importante es no difundir el mal; no ser agentes de aquel que siembra cizaña (…). Ser unas “terminales” para las malas palabras, los juicios hostiles, las críticas. La terminal es el lugar donde un medio de transporte termina su carrera. Ser, para el mal, como una vorágine que todo lo engulle y no le permite continuar su carrera”.[16] Todo un desafío para los departamentos de comunicación: terminales de las malas palabras; emisores de las buenas.

Comunican con alegría las personas: su mirada, sus acciones, sus palabras. Comunican con alegría las organizaciones: su estrategia, sus proyectos, su discurso. Y entre todos podemos fomentar un clima alegre en el conjunto de la Iglesia y de la sociedad. Creo que es un “cambio climático” por el que vale también la pena apostar.

Pienso que podemos concluir que la alegría bien merece el título de “vía de la evangelización”. Y quizá también “fruto de la evangelización”. Con ocasión del Jubileo de 1975, Pablo VI escribió un documento dedicado enteramente a la alegría. Allí invitaba a los católicos a pedir a Dios “el don de la alegría”[17], para la Iglesia y para el mundo

Ahora que estamos celebrando un nuevo jubileo, 50 años después, además de pedir ese don, nos podemos preguntar si no es precisamente alegría lo que se espera de nosotros, lo que podemos aportar, también con nuestro trabajo de comunicación.

Muchas gracias.

 

Referencias bibliográficas

[1] “Partes de los animales. Marcha de los animales. Movimiento de los animales”, p. 118. Biblioteca Clásica Gredos. Internet Archive 2008. Open source

[2] Las citas proceden de la conferencia y la traducción es mía

[3] Rosa Palo, Diario de Navarra, 21-8-2020

[4] Las citas corresponden a la edición digital de “El espíritu de la esperanza”, Herder: 2024.

[5] Audiencia general 7.12.2016.

[6] Cfr. Francisco, homilía 24-12-2024

[7] La cita se atribuye con frecuencia a Frida Kahlo, pero no se encuentra en las fuentes escritas.

[8] Evangelii Gaudium, 24-11-2013, n. 1

[9] Amoris Laetitiae, 19-3-2016, n. 129

[10] Homilía, 24-12-2010

[11] “La gaya ciencia”, 1882, 343

[12] Cfr. Homilías sobre el Evangelio de San Mateo, 46, 1

[13] “Es Cristo que pasa”, n. 168

[14] Cfr. Mora, “El valor de la reputación”, EUNSA: 2024

[15] El País, 19-4-2021

[16] “Ven Espíritu Creador”, Monte Carmelo: 2014, 377

[17] Exhortación apostólica “Gaudete in Domino”, 1975, n.2

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Actualidad

Reunión del claustro académico del Centro

El Centro de Gobierno y Reputación de Universidades ha convocado hoy a su claustro académico para compartir información sobre sus futuras actividades y buscar sinergias y orientaciones en su estrategia de docencia, investigación y colaboración con universidades.

El Centro convoca de forma periódica su claustro académico, formado por docentes de la Universidad de Navarra, y en él se tratan asuntos relacionados con las actividades propias del Centro. En especial, se ha abordado las nuevas actividades formativas del Curso de Dirección Estratégica de Universidades y los congresos de reputación de universidades. También se han expuesto los nuevos proyectos de investigación y y publicaciones, y se han evaluado posibles vías colaboración tanto en generación de conocimiento en proyectos nuevos como en visibilidad de trabajos ya en marcha.

El claustro académico lo forman profesores de la Universidad de Navarra entre los que figuran Concepción Naval, catedrática de la Facultad de Educación y Psicología; José María Torralba, profesor de la Facultad de Filosofía y Letras; Ignacio Ferrero y Álvaro Lleó, profesores de la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales; Teresa Sádaba, directora del ISEM Business School; Charo Sádaba y Elena Gutiérrez-García, decana y profesora de la Facultad de Comunicación; y Yago de la Cierva, profesor del ISEM Business School.

A la reunión asistieron también los miembros del comité de dirección, Mónica Herrero, vicerrectora de Comunicación y directora del Centro; Alfonso Sánchez-Tabernero, director académico; y Santiago Fernández-Gubieda, director ejecutivo.

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Actualidad Reputación

Investigación sobre el rol de las universidades en los debates políticos y sociales

El Centro de Gobierno y Reputación de Universidades ha puesto en marcha una investigación sobre el rol de las universidades en los debates políticos y sociales.

El principal objetivo consiste en hacer una propuesta teórica y práctica que ayude a las universidades a fijar un posicionamiento público ante determinados debates actuales (ideológicos, políticos, geoestratégicos y sociales), y que sea acorde a su identidad, características y el contexto cultural y social en el que se desenvuelven.

Un equipo de investigadores internacional, coordinados por el profesor Yago de la Cierva, realizará cuatro acciones: a) diseñar un modelo de escucha y análisis del contexto y de las tendencias; b) redactar una colección de casos sobre controversias universitarias, para facilitar los procesos de formación de directivos de universidades y escuelas de negocio; c) escribir artículos científicos monográficos sobre distintos temas; y d) elaborar un catálogo de buenas prácticas sobre estas controversias públicas, que orienten a los equipos de gobierno de universidades, de acuerdo con su identidad, características y entorno.

Este proyecto es continuidad de la investigación realizada entre 2021 y 2023 por un equipo internacional coordinado por el profesor Yago de la Cierva, junto con Mercedes Castelló y Paulina Guzik. En aquel estudio, se analizaron las distintas tipologías de crisis sufridas por universidades europeas y americanas, se recomendaron unas buenas prácticas para la prevención, la respuesta y la recuperación tras la crisis, y se elaboraron unas líneas maestras para la elaboración de planes de crisis de instituciones de educación superior.

Ese estudio identificó además una necesidad para los órganos de gobierno universitarios: contar con criterios de decisión sobre cómo actuar en las situaciones, cada vez más frecuentes, en las que un contexto social polarizado parece demandar de las instituciones de educación superior que tomen partido en el debate público sobre cuestiones no académicas, en las que existen múltiples puntos de vista y cada comunidad universitaria se encuentra dividida.

El resultado de aquel proyecto de investigación se publicó en el libro “Gestión de crisis en universidades” (Eunsa, 2024), que puede adquirirse en el siguiente enlace.

El libro forma parte de la colección del Centro de Gobierno y Reputación de Universidades, que hasta la fecha ha publicado cinco libros más. Puede consultarse todos en el siguiente enlace.

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Actualidad Reputación

Novedad editorial: Sembrando la reputación (en universidades y empresas)

El Centro de Gobierno y Reputación de Universidades, de la Universidad de Navarra, ha editado un nuevo libro titulado Sembrando la reputación.

El libro recoge nueve conferencias de la International Reputation Week, el congreso de reputación corporativa y universitaria que la Universidad de Navarra y Corporate Excellence-Reputation for Leadership organizaron en octubre de 2023.

El libro, editado por Santiago Fernández-Gubieda y publicado por Eunsa, pretende profundizar en los fundamentos teóricos de la reputación y en aplicaciones profesionales que ayuden a las instituciones a gestionar su reputación.

El trabajo es una extraordinaria ayuda para aquellos directivos y profesionales de la comunidad que se planteen cómo deben hoy las organizaciones sembrar su reputación en entornos cada vez más complejos y desafiantes.

El libro expone los principios para una estrategia de comunicación corporativa, las metodologías para la medición de la reputación, pautas y buenas prácticas para la gestión de crisis, métodos y prácticas profesionales para la gestión de stakeholders y la implementación de sistemas de escucha en empresas y universidades.

Entre los autores que participan en este libro figuran Violina Rindova, profesora y decana de la Merage School of Business, University of California-Irvine; Ángel Alloza, CEO de Corporate Excellence; Juan Manuel Mora, profesor de Comunicación y Vicerrector de la Universidad Pontificia de la Santa Cruz; Santiago Fernández-Gubieda, director de la Unidad de Reputación y director ejecutivo del Centro de Gobierno y Reputación de Universidades; Martí Parellada, catedrático de la Universidad de Barcelona; Elena Gutiérrez-García, profesora de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Navarra; y Yago de la Cierva, profesor del IESE Business School, de la Universidad de Navarra.

Desde distintos ámbitos y disciplinas, los autores buscan aportar una mirada crítica sobre el rol de la reputación como parte de la gobernanza de las instituciones, desde una óptica de la comunicación estratégica, la dirección y el liderazgo.

Aquí puedes consultar todos los libros de la colección del Centro de Gobierno y Reputación de Universidades.

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Actualidad Reputación

Formación a directivos de colegios: el valor estratégico de la escucha

La escucha en las organizaciones permite conocer e integrar a sus grupos de interés y tomar decisiones de mejora; tiene, por tanto, un valor estratégico para la gestión de la reputación corporativa.

Esta es la principal tesis de la formación que Juan Manuel Mora y Santiago Fernández-Gubieda, miembros del Centro de Gobierno y Reputación de Universidades, impartieron a los directivos de Fomento.

Las sesiones se produjeron el 18 de octubre y el 7 de noviembre, en la sede de Fomento, y a ellas asistieron cerca de 200 personas entre miembros de los servicios centrales, los directores y subdirectores de sus 35 colegios de Fomento, en 11 comunidades autónomas. Actualmente, Fomento cuenta con cerca de 25.000 estudiantes, más de 90.000 alumni y de 2.905 profesionales.

La formación se impartió en el marco de las jornadas de trabajo que esta institución educativa celebra anualmente. Durante la jornada se transmitieron los objetivos estratégicos de Fomento que marcarán las líneas de trabajo para los próximos tres años.

En estas jornadas, los miembros del Centro impartieron dos sesiones de formación, de cuatro horas de duración cada una, sobre la escucha en las organizaciones. Explicaron las claves para gestionar una arquitectura de la escucha en el seno de una organización, que permita conocer las percepciones de los diferentes públicos y contribuya a la mejora continua.

Juan Manuel Mora, vicerrector de Comunicación de la Universidad de la Santa Cruz (Roma), explicó los fundamentos de la escucha organizacional y la importancia de la gestión de la reputación como principal activo estratégico intangible en las organizaciones.

Por su parte, Santiago Fernández-Gubieda, director ejecutivo del Centro y director de la Unidad de Reputación de la Universidad de Navarra, explicó cómo aplicar un proyecto de escucha en una organización con sus diferentes stakeholders o grupos de interés.

Ambos impartieron también un taller de trabajo para identificar un mapa de stakeholders clave para un colegio y un modelo de gestión y cambio de percepciones a partir de la identificación de los atributos intangibles de un colegio.

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Actualidad Reputación

Novedad editorial: El valor de la reputación

Juan Manuel Mora, vicerrector de la Universidad Pontificia de la Santa Cruz, ha reeditado su libro «El valor de la reputación» dentro de la colección del Centro de Gobierno y Reputación de Universidades, de la Universidad de Navarra. En este enlace puede conocer el resto de libros de la colección de Eunsa.

El libro reflexiona sobre los fundamentos de la reputación corporativa como un activo estratégico para las organizaciones.

«Cuando una institución goza de buena reputación –reflexiona el autor–, se convierte en un lugar atractivo para trabajar y para invertir; genera un clima de confianza que ayuda a prevenir y superar posibles crisis; los clientes o usuarios están satisfechos con los productos y servicios y los recomiendan a otras personas. En definitiva, la buena reputación actúa como factor de estabilidad y prosperidad«.

Por este motivo, el libro se propone ayudar a lector comprender qué es la reputación, cómo se gana, se pierde y se cultiva uno de los activos intangibles más relevantes en la tarea de todo directivo.

Estas páginas intentan responder a las siguientes cuestiones: ¿qué puede hacer una institución para merecer la buena reputación que acaba formándose fuera de ella? ¿Cuál es el proceso por el cual la reputación se consolida en la opinión pública? ¿Qué hoja de ruta pueden seguir los directivos para aumentar el valor intangible de su organización? ¿Qué papel juega la comunicación en el cultivo de la reputación?

«Al explorar las respuestas a estas preguntas llegaremos a la conclusión de que para mejorar la reputación hay que mejorar la realidad: la calidad, la coherencia, las relaciones, la contribución positiva a la sociedad», afirma Juan Manuel Mora.